El debate sobre la calidad democrática suele centrarse en elementos visibles como las elecciones o la separación de poderes, pero las democracias también se sostienen sobre normas informales, prácticas compartidas y límites mutuamente aceptados. En los últimos años, Portugal ha asistido a una creciente tensión en su clima parlamentario, impulsada por la irrupción de la extrema derecha y formaciones como Chega, cuya estrategia se apoya en la confrontación permanente y la polarización para obtener réditos electorales. Lejos de considerarlo una mera cuestión de educación, el sistema político luso ha comenzado a tratar esta degradación como una amenaza directa a las instituciones. Episodios concretos, como las ofensas denunciadas por la diputada socialista Ana Sofia Antunes respecto a su discapacidad visual, han evidenciado cómo la descalificación personal y el ataque a las reglas culturales del debate público buscan alterar los términos de la convivencia democrática, ofreciendo un espejo y una reflexión muy útil para la situación política de España. Fuente: Diario de actualidad con independencia y compromiso con la información
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