Posted By José Luis Aceves Galindo on 7, Ago, 2026 Cada verano asistimos a las mismas imágenes: las portadas ocupadas por el humo procedente de los incendios, los helicópteros y avionetas sobrevolando nuestros montes, y la preocupación de los vecinos contemplando cómo el fuego amenaza pueblos, viviendas y vidas. Pero cuando llegan las primeras lluvias, el problema desaparece de la agenda política… hasta el siguiente verano. Y, sin embargo, el problema nunca desaparece. Conviene empezar por una afirmación incómoda, pero absolutamente cierta: incendios forestales siempre vamos a tener. No existe ningún país capaz de evitarlos. Lo que sí diferencia a unos territorios de otros es la capacidad para impedir que un pequeño incendio termine convirtiéndose en un gran incendio forestal. Ese es el verdadero debate. Lo afirmo no solo como diputado o responsable político, sino desde la experiencia de más de treinta años como Agente Medioambiental. He participado en la extinción de muchos incendios y he comprobado que la diferencia entre un incendio controlado y una tragedia casi siempre se decide mucho antes de que aparezcan las llamas. El cambio climático está modificando completamente el comportamiento del fuego. Las olas de calor son más intensas, las sequías más largas, los vientos más extremos y la vegetación acumula una enorme cantidad de combustible tras décadas de abandono del medio rural. Los incendios son hoy más rápidos, más violentos y más imprevisibles que hace veinte años. Precisamente por eso resulta incomprensible que la Junta de Castilla y León siga respondiendo con recetas propias del siglo pasado. Seguimos escuchando anuncios sobre más medios de extinción, más campañas de verano o más inversiones cuando el fuego ya está encima. Pero los grandes incendios del siglo XXI no se derrotan únicamente con helicópteros. Se derrotan durante el invierno. La provincia de Segovia constituye un magnífico ejemplo de esta nueva realidad. Nuestros pinares, rebollares, sabinares y masas forestales representan uno de los principales patrimonios ambientales de Castilla y León. También uno de los más vulnerables. Los incendios registrados en los últimos años han demostrado que cualquier comarca puede verse amenazada cuando coinciden condiciones meteorológicas extremas y un territorio insuficientemente gestionado. Los incendios de los últimos años han afectado a espacios de enorme valor ambiental y económico. El incendio de la Sierra de Guadarrama, o el del Valle del Pirón con afección a municipios como Brieva, Basardilla, Caballar, Pelayos del Arroyo, Santo Domingo de Pirón o Torreiglesias, ha vuelto a recordarnos que nuestros montes son cada vez más vulnerables y que protegerlos exige mucho más que desplegar medios de extinción cuando ya existe un frente de fuego. El reciente incendio volvió a poner de manifiesto la extraordinaria profesionalidad de quienes trabajan sobre el terreno, como verdaderos héroes, que nos cuidan: técnicos, agentes medioambientales, bomberos forestales, bomberos Speis, fuerzas y cuerpos de seguridad, personal municipal, etc. pero también dejó al descubierto las carencias estructurales del sistema. Porque cuando un gran incendio alcanza un comportamiento extremo ya no existen milagros. La verdadera batalla se ha perdido meses antes. Por eso cuesta entender algunas prioridades políticas. Resulta paradójico que el presidente de la Junta, Fdez. Mañueco anuncie cerca de 90 millones de euros para reparar los daños de los incendios, mientras durante años no se ha apostado con esa misma intensidad por evitarlos. La política de la Junta parece asumir que siempre será más fácil pagar después que prevenir antes. Y esa es una forma profundamente equivocada de gestionar un problema que sabemos que va a repetirse cada verano. La pregunta que muchos profesionales nos hacemos es muy sencilla: ¿por qué ese dinero no se destinó hace años a prevenir los incendios que hoy estamos intentando apagar? ¿por qué si la Junta dispone d
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