Una periodista en el estudio de grabación. Getty Images vía iStock Los periodistas, por la propia naturaleza de su trabajo, son sus fuentes, su firma y su cara. Quizá salvo aquellos que trabajan bajo seudónimo, resultan inseparables de sus coberturas, y eso puede convertirse en una de las mayores amenazas a su trabajo. Entre 2024 y 2025, 189 profesionales de los medios fueron asesinados en el mundo. Uno cada cuatro días. Así lo recordaba la UNESCO esta semana cuando publicó su décimo informe bianual dedicado a analizar los riesgos de seguridad a los que se exponen los informadores . El documento menciona la escalada en zonas de conflicto, el uso sin precedente de drones, la impunidad de los agresores y la especial vulnerabilidad de los trabajadores locales. También alude al auge de la violencia digital y reconoce que esta se ceba especialmente con las mujeres. Según datos de ONU Mujeres y TheNerve, el 45% de las comunicadoras se autocensura debido al acoso y los ataques online , lo que representa un incremento del 50% en comparación con la tasa del 30% registrada en un estudio de 2021. En los últimos años, las agresiones contra las mujeres en la vida pública se han vuelto tecnológicamente más sofisticadas, invasivas y dañinas cuando entra en juego la inteligencia artificial. El 12% de las encuestadas en el informe Tipping Point asegura haber sufrido el intercambio no consentido de imágenes personales. El 6% ha sido víctima de deepfakes alguna vez. Otro dato: el 24% reporta haber sido diagnosticada o tratada por ansiedad o depresión derivados de la violencia digital, mientras el 13% ha tenido estrés postraumático. En el caso de las periodistas, en 2025 tenían el doble de probabilidades (22%) de denunciar estos incidentes ante la policía que en 2020 (11%). También ahora toman más medidas legales que años atrás. Varias periodistas en la primera fila de una rueda de prensa con la exsecretaria de prensa de la Casa Blanca, Katie Zacharia, a 13 de octubre de 2026. Kevin Lamarque Reuters El problema está en que a veces la línea que distingue lo que es una reacción desde la libertad de opinar de lo que es una humillación injustificada o un comentario intimidante es difusa . Y si sus autores son usuarios anónimos o falsos —un 5% de los perfiles de Facebook son fake —, no es de extrañar que muchas informadoras dejen la situación pasar. En los últimos seis años, Adriana [nombre ficticio para preservar su identidad] ha trabajado entre la televisión y las redes sociales de un diario generalista. Cada mañana va a la redacción y hace el mismo recorrido desde su casa, tren incluido. Hace un mes recibió un mensaje en su cuenta personal de Instagram que hizo saltar todas sus alarmas . "Un chico me decía que le había salido en TikTok y se había dado cuenta de que me veía todos los días . Me hizo sentir mal porque en su foto no podía identificar su cara. Yo no sabía quién era. La primera semana iba todo el rato mirando a mi alrededor porque no me sentía segura en un trayecto que tengo que repetir constantemente". No es la primera vez que la incomodan en internet. Cuando empezó en la profesión "un hombre veía todas las semanas el programa especial y subía mis vídeos a sus redes". Al principio, dice, parecía un gesto entrañable. "Hasta que un día me dijo que sabía en qué pueblo vivía , cosa que yo nunca he publicado". Poco después descubrió que a sus compañeras también les había escrito "en tono sexual". Según el informe Punto de inflexión: violencia digital, impactos, manifestaciones y reparación en la era de la IA , una de cada tres informadoras encuestadas ha recibido propuestas no solicitadas de este tipo a través de plataformas de mensajería en línea. Otra afectada que comparte su testimonio con esta revista es Carmen [también con nombre ficticio, al igual que los próximos casos presentados], autora de una noticia de actualidad sobre la muerte de Quentin Deranque a manos de un grupo de encapuchados, algunos de los cuales tenían vínculos con la
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