Los Enemigos, disco a disco (I)

Fuente: Hipersónica · musica · nacional, España

Los Enemigos, disco a disco (I)

En dos partes, y con la tier actualizándose a medida que avance: así nos vamos a meter a fondo en la carrera de un grupo que no podemos despachar en cuatro parrafillos de nada. Los Enemigos, otra vez de vuelta, han llegado hasta 2026 con Canciones Chulas, el disco, y canciones chulísimas, las muchas que tienen a lo largo de sus 40 años de existencia. Pero también con heridas, discos fallidos, obras maestras, versos que no nos los tatuamos en la piel porque los llevamos más dentro incluso. Algunos de ellos nos sostienen, otros nos empujan. Como muchas de esas canciones que han firmado. La Malasaña en la que nacieron Los Enemigos, en torno a la barra del Velarde, ya no existe, pero, de alguna manera, tampoco existe el grupo que dio vida un debut lejos de ser perfecto, pero muy cerca de ser ferpecto. 1986 era, para aquella ciudad, una época de contrastes: sí, había llegado la modernidad, cabalgando sobre las aguas desbocadas del pantano roto del franquismo; y sí, también se habían abierto las brechas por las que se colaría el liberalismo salvaje, las drogas y la necesidad de ser europeos porque sí. En medio de las luces pop (y hypeadas por la prensa) de la Movida también existía una Malasaña rockera, de bares de madrugada de horario difuso y rock’n’roll con el ampli crujiendo. Ferpectamente se suele despachar rápido: es un disco poco querido por la crítica porque Los Enemigos de Josele y Artemio dejaron de existir medio disco después (los de Josele, Artemio y Michi, ya a duras penas aguantaron en este debut). El público lo ha querido más, porque, con su humorazo desinhibido, sus ganas de divertir por divertir, y su aparente falta de pretensiones, el blues-rock mezclado con el garage de los Sonics y la locura Cramps... es imposible que te aburra. No, no fueron Los Enemigos un grupo que debutó con una cumbre: como, mismamente, sus coetáneos Surfin’ Bichos, debutaron con un disco que, después, mejorarían mucho, pero que, a la vez, ya tenía gran parte de lo que les haría en tantas ocasiones TAN buenos. Ahí anda la ineludible ‘Florinda’, con sus arreones eléctricos y una historia entre esperpéntica y tierna (ojo, el Esperpento valleinclanesco tenía mucho de ternura) basada en la limpiadora de la finca en la que Josele vivió en sus años jóvenes. Ahí también ‘Fuagrás’, una canción ideal para que este disco se vendiera en tabernas de barrio y bares de parroquia fiel. Fiel al local y fiel al bebercio. Los Enemigos, aquí, eran más caos descontrolado que banda perfecta. Las locuras, casi en forma de esputos, que lanzaban ‘Juan Valdés’ o ‘Gabrielle’, fueron posibles por una heterodoxia difícil de mantener en el tiempo. Artemio, que tocaba la batería como si nunca supiese hacerlo pero también como si todos los demás fuésemos los que no supieran, es a Los Enemigos lo que Gary Young a los primeros Pavement: una fuerza caótica, loca, primitiva, dadaísta y, por todo ello, incontrolable y poco duradera. Con todo lo que hemos dicho ya de la producción de Paco Trinidad en su segundo disco, aquí el mismo productor sí que funcionó. Posiblemente porque como el grupo no ambicionaba nada más que poder grabar todas las canciones que pudiesen (casi todas las que tenían), era imposible domesticar ‘El ataque de los hombres bruster’ o ‘Mátame camión’. Incluso con (aparentes) peores canciones, es muchísimo mejor disco. “En los años ochenta era imposible hacer un disco de rock’n’roll en España. Sonaban así todos los putos discos” - Josele Santiago. Si eres de los que, como cantaban Los Punsetes, miras en los accidentes, te quedarás prendado de Un tío cabal, porque el segundo disco de Los Enemigos se estampa una y otra vez contra la realidad. Ellos, que apenas eran ya la misma banda que había teloneado a Wilko Johnson en el invierno del 86, ni la que habían ganado el Villa de Madrid, intentan llevar aquí el cuajo humorístico de Ferpectamente hacia un pub-rock más hostil, pero se dan de bruces contra “grabar un disco en España”. En 1988, pensar en un Steve Albini

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