La transición energética y el paso a las renovables tiene una fecha, un objetivo y unas cifras donde no hay espacio para más excusas baratas. La próxima Cumbre del Clima, la COP31, pondrá el foco de nuevo sobre una cuestión incómoda y muchas veces repetida y es que el mundo necesita producir más electricidad limpia, modernizar sus redes y reducir su dependencia de los combustibles fósiles. Pero esto es una contradicción ya que por un lado se habla de acelerar ese cambio por parte de los gobiernos, pero por otro lado hay sectores que ponen trabas a esa expansión y además cuestionan la importancia de las renovables. ¿Se podrá lograr el ambicioso objetivo de conseguir que la electricidad represente el 35% del consumo final de energía mundial en 2035? Es el denominado horizonte 35-35, impulsado por la presidencia turca de la COP31 y es algo más que una mera cifra ya que consigo trae el cambiar el modelo industrial, así como la base de los transportes o temas sobre cómo se climatizan los edificios y se abastecen las ciudades. Como todo, si queremos llegar a ese porcentaje como dice la Agencia Internacional de la Energía (AIE) hay que pagar el peaje de la toma de decisiones y de hacer inversiones. Lo que ya es incongruente es pedir por un lado que dependamos menos de combustibles fósiles, pero no se dejan de poner trabas a las infraestructuras y a las fuentes de energía necesarias para conseguirlo. Uno de los principales argumentos de quienes cuestionan el despliegue renovable es que el sistema eléctrico necesita garantías de suministro, capacidad de almacenamiento y redes suficientes. En parte tienen algo de razón, pero no del todo ya que usar esas limitaciones de las infraestructuras como argumento es hacer de una solución el problema. “Si faltan redes, hay que construirlas; si falta almacenamiento, hay que invertir en él”, detallan los expertos que insisten en que lo que no tiene sentido es paralizar la generación limpia. Para entenderlo tenemos unos datos: según la AIE, la inversión mundial anual en redes eléctricas debe aumentar aproximadamente un 50% si se quiere dar respuesta a la demanda de aquí a 4 años. Además de conectar a las redes eléctricas más de 2.500 gigavatios de proyectos de energías renovables, almacenamiento y grandes consumidores. La contradicción resulta especialmente llamativa si se tiene en cuenta que el 83% de la nueva capacidad eléctrica instalada mundial en 2025 procedió de fuentes renovables. Las consecuencias de retrasar este proceso son graves: la dependencia del petróleo y el gas expone a los países a las crisis internacionales, las tensiones geopolíticas y las subidas de precios. Y esto por no hablar del perjuicio para la salud del planeta. Si seguimos dependiendo de estas fuentes contaminantes no evitaremos reducir en un 40% las emisiones de CO₂ de los sectores del transporte, los edificios y la industria. Lo que ya es incongruente es pedir por un lado que dependamos menos de combustibles fósiles, pero no se dejan de poner trabas a las infraestructuras y a las fuentes de energía necesarias para conseguirlo. Antalya tendrá que abordar precisamente esa distancia entre los objetivos políticos y las decisiones reales. Porque el debate ya no consiste en elegir entre renovables sí o no, sino en decidir si los países quieren producir más energía propia, reducir su exposición a los mercados internacionales y disponer de electricidad competitiva. De lo contrario seguiremos dependiendo de combustibles que cada vez son más caros y que muchas veces están en la base de conflictos bélicos. Frenar las renovables no elimina la necesidad de energía. Lo que hace es prolongar la dependencia de las fuentes que precisamente se pretende sustituir. Y esa factura, económica, industrial y climática, también termina llegando a los ciudadanos. #Ecoticias #Renovables #COP31 #EnergíaLimpia
También lo cubren: ECOticias.com.
Ver más en News Today