El lugar elegido para cerrar la campaña electoral resultaba cuanto menos llamativo. Donald Trump apareció el lunes, víspera de las elecciones legislativas, junto al estanque ... reflectante del monumento a Lincoln, en Washington. No estaba allí para hablar de candidatos republicanos, ni del precio de la gasolina, ni de la inflación que seguía castigando a los hogares estadounidenses. Quería enseñar las obras de restauración del estanque, explicar las mejoras introducidas y bromear con la posibilidad de ponerle su propio nombre. Era una escena que resumía algunas de las contradicciones que habían plagado su segundo mandato. Mientras millones de estadounidenses se quejaban del coste de la vida, el presidente llevaba meses hablando de decoraciones doradas, reformas de la Casa Blanca y la construcción de su gigantesco salón de baile. La disonancia era evidente. Trump había regresado al poder prometiendo prosperidad, precios bajos, el fin de las guerras interminables. Ahora llegaba a las elecciones con la gasolina disparada de precio, una guerra contra Irán que se había prolongado mucho más de lo previsto y una popularidad que había caído hasta niveles alarmantes. Aquella última aparición ante el monumento a Lincoln no fue la causa de la derrota, pero sí una representación de la distancia que se había abierto entre las prioridades del presidente y los problemas de los electores. Al día siguiente, los republicanos perdieron el control de ambas cámaras del Congreso. Los demócratas conquistaron escaños en estados que llevaban décadas sin elegir senadores de ese partido. En el haber de Trump está que los demócratas hayan ganado, algo insólito, en Kansas, Iowa, Carolina del Norte y Carolina del Sur. Ni los cientos de millones de dólares invertidos en publicidad ni la movilización personal del presidente consiguieron detener el avance de la oposición. La magnitud del resultado superó incluso las previsiones más pesimistas. La verdad es que el desastre llevaba meses anunciándose dentro de la propia Casa Blanca. A finales de 2025, JD Vance, vicepresidente, y Susie Wiles, jefa de gabinete, habían organizado reuniones con encuestadores y asesores externos para estudiar el deterioro de la popularidad presidencial. Los análisis detectaban una pérdida de apoyo entre algunos de los grupos que habían resultado decisivos para la victoria de 2024, especialmente jóvenes, trabajadores e hispanos. Durante aquel almuerzo el presidente pareció más interesado en hablar de golf que de cómo recuperar a los votantes de clase trabajadora. Trump volaba alto, estaba a punto de detener a Maduro, y aquello eran problemas en apariencia menores. Pero el problema estaba creciendo ya. Los aranceles impuestos en 2025 habían encarecido productos y perjudicado a agricultores y empresas de estados republicanos. Trump defendía aquella política tan suya como una herramienta para reconstruir la industria estadounidense, pero sus explicaciones no siempre ayudaban. En una reunión de gabinete, ante las cámaras, llegó a sugerir que los niños podían conformarse con dos muñecas de regalo o dos bolígrafos en la escuela en lugar de treinta. Sus adversarios aprovecharon esas declaraciones para presentar a un presidente poco sensible ante las dificultades de las familias. La política migratoria abrió otra grieta. Las operaciones de deportación masiva, impulsadas por su asesor Stephen Miller, provocaron una creciente ira después de que agentes federales mataran a dos estadounidenses en Minneapolis en enero. Wiles había intentado moderar algunas de las medidas más duras. Las encuestas internas comenzaron a mostrar un deterioro del respaldo a una política que hasta entonces había sido uno de los principales activos electorales de Trump. En septiembre, el presidente llegó a ver un anuncio de la congresista republicana María Elvira Salazar en el que advertía de que los hispanos que lo habían apoyado se sentían traicionados. Le recomendaron que no respondiera. Aguantó unos días, pero term
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