El vocabulario del urbanismo ha experimentado una profunda transformación forzosa: aquellos conceptos que antes se limitaban a la teoría de la sostenibilidad hoy se han convertido en auténticas infraestructuras de supervivencia. Adaptar las ciudades, los entornos naturales y las redes esenciales al clima extremo ya no representa una opción de futuro, sino la condición mínima indispensable para mantener su funcionamiento. Lo que antaño se percibía como un problema lejano y abstracto se ha acelerado de manera imprevisible en este primer cuarto de siglo. Durante unas jornadas sobre sostenibilidad celebradas en Madrid, la presidenta de Redeia, Beatriz Corredor, advirtió de que la brújula que nos orienta se encuentra desimantada y que la resiliencia de la red eléctrica es una prioridad estratégica inaplazable frente a los embates meteorológicos y las nuevas demandas tecnológicas. Por su parte, la meteoróloga Mónica López señaló que los modelos predictivos de las últimas décadas han quedado totalmente desfasados ante anomalías marinas y sequías térmicas extremas que desatan incendios ingobernables. Asimismo, reclamó un cambio drástico en los sistemas de alerta a la población, priorizando los avisos basados en el impacto real sobre las vidas y propiedades frente a las predicciones generalizadas. En la misma línea, Íñigo Losada, director de investigación del Instituto de Hidráulica Ambiental de la Universidad de Cantabria, alertó de que infraestimar el riesgo en el diseño de obras públicas reduce la resiliencia del sistema en cada nueva borrasca. La anticipación y los protocolos preventivos sólidos emergen así como las únicas garantías efectivas para minimizar la vulnerabilidad ante catástrofes y fenómenos severos. Fuente: Ethic
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