La economía cotidiana y el coste de la vida vuelven a demostrar su enorme peso en los procesos electorales norteamericanos. En un país donde la dependencia del automóvil es absoluta, con un parque móvil que roza los tres millones de vehículos, el precio de la gasolina condiciona de forma directa el humor de los votantes y su percepción de la gestión política. Los datos reflejan una realidad incontestable: casi el noventa y dos por ciento de los hogares estadounidenses cuenta con al menos un coche en propiedad para sus desplazamientos diarios, mientras que un veintidós por ciento de las familias maneja tres o más vehículos de manera habitual. Esta altísima motorización convierte cada visita a la gasolinera en un recordatorio constante de la inflación y de las dificultades económicas, haciendo que el bolsillo del ciudadano se consolide como el principal campo de batalla en el tablero político del país. Fuente: LA RAZÓN
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