Existe una contradicción fundamental en la pretensión de constituir una fuerza o partido reformista con el fin de coadyuvar a la abstención activa. No nos encontramos ante una simple discrepancia táctica, un matiz menor o un debate sobre la oportunidad política del momento, sino ante una genuina contradicción de principios que golpea directamente el corazón de la acción política y la esencia misma de la libertad. Quien pretende combatir la partitocracia recurriendo a la creación de un nuevo partido está aceptando, desde el primer instante, las propias reglas del sistema que dice venir a combatir. Quien aspira a deslegitimar una representación política de carácter oligárquico participando en sus mecanismos electorales concluye inevitablemente legitimando aquello que pretendía impugnar originariamente. Asimismo, quien se propone despertar la conciencia de la libertad política a través de una estructura cuyo horizonte se limita a la reforma está confundiendo de raíz la libertad con la mera administración de la servidumbre. El reformismo se manifiesta así como la enfermedad de cualquier oposición que ha renunciado por completo a la ruptura. Resulta imposible conquistar la libertad política utilizando los instrumentos que suponen su propia negación, del mismo modo que no se puede construir una democracia representativa desde el interior de las instituciones de una oligarquía de partidos. El problema principal no reside en que las formaciones existentes sean peores, corruptas o estén gestionadas por personas moralmente reprochables, sino que la falla es estrictamente institucional. Es el propio régimen el que genera de manera constante la oligarquía, al concentrar en las cúpulas de los partidos la selección de los legisladores y convertir la representación en una delegación de poder descendente. El reformismo encarna la perpetuación de un régimen bajo una fachada superficial de cambio. Ninguna oligarquía genera de forma voluntaria las condiciones institucionales que propiciarían su desaparición. De este modo, la oposición reformista se transforma en una oposición plenamente integrada en el sistema. Aunque la actuación de los beneficiarios del régimen resulta comprensible por defender sus propios privilegios, lo verdaderamente inadmisible es que aquellos que se proclaman contrarios al sistema y denuncian la falta de libertad utilicen los mismos instrumentos y reproduzcan idénticas prácticas. Al presentarse como una falsa alternativa, los reformistas generan una confusión perjudicial que favorece la supervivencia de la propia partitocracia, priorizando la supervivencia de su propia organización frente a la causa de la libertad. Fuente: MCRC
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