Un perro de un año tiene, en términos biológicos, unos 30 años humanos. No siete. Es la conclusión de un equipo de la Universidad de California en San Diego que en 2020 comparó el envejecimiento del ADN de perros y personas y publicó una fórmula para traducir una edad a la otra: edad humana = 16 × ln(edad del perro) + 31 . La propia nota de prensa de Cell Press dice que la vieja regla de multiplicar por siete es errónea. La fórmula asusta un poco por el logaritmo, pero se usa en diez segundos con cualquier calculadora de móvil. Y tiene un límite que conviene conocer antes de aplicarla a un chihuahua o a un mastín: se calculó con labradores. El «ln» es el logaritmo natural, una tecla que tienen todas las calculadoras científicas (también la del móvil, si se pone en horizontal). Los pasos son tres: Un ejemplo con un perro de 4 años: el logaritmo natural de 4 es 1,386. Por 16 da 22,2. Más 31, unos 53 años humanos. Para quien no quiera sacar la calculadora, estos son los resultados de la fórmula redondeados: Se ve enseguida por qué el siete falla. Un perro de 2 años no tiene 14 años humanos, tiene más de 40. La fórmula corre muchísimo al principio y se frena después. Entre el primer y el segundo cumpleaños el perro «envejece» once años humanos; entre los 14 y los 16, apenas dos. Con los cachorros hay que tener cuidado. Por debajo de un año la fórmula pierde precisión, y con menos de unas siete semanas de vida el logaritmo da una edad humana negativa, que no tiene sentido. Lo mejor es quedarse con el ejemplo que dan los autores: un cachorro de 8 semanas equivale más o menos a un bebé humano de 9 meses. En una calculadora automática, lo prudente es empezar a partir de 1 año. El trabajo lo firmaron Tina Wang y otros investigadores, con Trey Ideker (UC San Diego) como autor sénior, y lo publicó la revista Cell Systems en julio de 2020. Colaboraron Danika Bannasch, de la Universidad de California en Davis, y Elaine Ostrander, de los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos. Lo que midieron es un reloj epigenético. Dicho sin jerga: con los años, el ADN va acumulando unas pequeñas marcas químicas (grupos metilo) en sitios concretos, como si fueran arrugas moleculares. Ese patrón cambia con la edad de forma bastante predecible, y se puede comparar entre especies. Los investigadores buscaron qué marcas compartían perros y humanos y cómo avanzaban en cada uno. Según el texto del estudio en bioRxiv , analizaron 104 perros con edades de 0,1 a 16 años, de cachorros de pocas semanas a animales muy viejos. Retiraron 9 por cobertura insuficiente en el análisis del ADN y trabajaron con 95. Las muestras humanas, de 320 personas, iban de 1 a 103 años. Para estimar el margen de error de la fórmula repitieron el cálculo mil veces con remuestreos. Para la etapa final de la vida usaron una equivalencia sencilla: los 12 años de vida media de un labrador se corresponden con los 70 años de esperanza de vida humana en el mundo. Por eso la fórmula da algo más de 70 años a un labrador de 12. Los tiempos del desarrollo coinciden bastante. Según la nota de prensa, un cachorro de 8 semanas y un bebé de 9 meses están en la misma fase, la de la salida de los dientes. Un perro de 9 meses ya puede tener cachorros, y uno de un año es, en palabras de Ideker, «como un humano de 30 años». Aquí está la letra pequeña. La fórmula se ajustó con labradores. La nota de prensa habla de 104 labradores; el texto del estudio dice en un punto que eran «principalmente» labradores y en otro que se centró «exclusivamente» en ellos. Los autores reconocen que razas con longevidades muy distintas podrían dar funciones de traducción epigenética diferentes. Ideker añade que estudiar otras razas daría más información. En la práctica, eso significa que el resultado es una estimación razonable para un labrador o un perro de tamaño parecido, y una aproximación más gruesa para el resto. Hay que tomarla como una orientación, no como una medida exacta. Que la raza importe no es un detall
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