“Antes hacía collares, pero ya no me dan las manos para enhebrar las cuentas. Pero tecleo mucho”. Isabel Allende (Lima, 1942) lamenta que su artrosis ya no le permita hacer ciertas cosas como, por ejemplo, firmar la pila de ejemplares pendientes de su última novela La hora del alba , ganadora del premio Planeta 2026 , “los tengo en la cocina y cada día firmo unos pocos”, explica entre risas en un pequeño encuentro con periodistas. Lo que no falta a la escritora a sus 84 años es vitalidad, la lucidez, el sentido del humor y las ganas de luchar por un mundo mejor con la palabra como el arma que mejor maneja. Fue precisamente la sensación que le rondaba en los últimos años de que la democracia está en peligro lo que la impulsó a retomar la historia de La Casa de los Espíritus , a pesar de que sus lectores llevaban décadas preguntándole por cómo continuaba la historia. “La gente se olvida o no sabe las consecuencias de lo que significa un gobierno autoritario. Y cómo puede ser que venga y no te puedas deshacer de eso. Se necesitó una guerra para terminar con los nazis en Alemania. Y en Chile nos demoramos 17 años en derrotar a la dictadura. Entonces, esa angustia que tengo, porque ya lo he vivido, de lo que puede pasar, me impulsó a pensar: bueno, ¿qué pasó con Alba? En esos años, en los años de la dictadura, ¿se fue, no se fue? ¿Tuvo el bebé, no lo tuvo? ¿Qué fue? ¿Hombre, mujer?”, explica. Para Allende la literatura es una extensión de su vida. Sus propias experiencias se entrelazan con sus personajes y los grandes pilares que estructuran su obra –desde el feminismo a la elección de vivir sin rencor por muy duras que hayan sido las experiencias que a uno le hayan tocado– son también los de su vida. La hora del alba nos sitúa justo donde acabó La Casa de los Espíritus . Alba Satigny Trueba regresa a su casa, después de haber sido detenida y torturada. Su abuelo, Esteban Trueba, fallece y la deja sola en la conocida como la casa de la esquina, donde convive con los espíritus de sus antepasados. Se enfrenta a un futuro incierto, con la amenaza siempre presente de Esteban García, nieto ilegítimo de su abuelo y responsable del principal aparato represivo de la dictadura; la ausencia de su gran amor, Miguel, entregado a la causa revolucionaria y el descubrimiento de que está embarazada. Conocemos a nuevos personajes, llegados como ángeles para ayudar a Alba. El doctor Alonso Vial y El-Ángel, un luchador de lucha libre de apariencia bruta, pero de corazón noble. Fue él precisamente, el germen de esta novela: “el primer personaje que tuve clarísimo fue el de Ángel. Porque cuando yo era chica mi abuelo me llevaba al Teatro Caupolicán a ver la lucha libre. Todo a espaldas de mi mamá, porque era una cosa de una vulgaridad que no te diré. Y mi abuelo se sentaba en la primera fila porque quería que le cayera la sangre encima. La sangre era salsa de tomate. Yo veía a mi abuelo, este hombre que era adorable y que era un caballero, convertido en una fiera. Se volvía otra persona y gritaba: ‘¡Que se maten! ¡Que le meta los dedos a los ojos!’. En la lucha libre había un personaje que se llamaba el Ángel, que tenía unos rizos dorados que apostaba en cada pelea. Yo me crié con eso, ¿te fijas? Entonces el personaje del Ángel lo tenía clarísimo. Ese personaje me ayudó a llegar a otros. A veces el personaje te mete en un lugar inesperado y eso cuando pasa es fantástico”. Al igual que en La Casa de los Espíritus , en La hora del alba la esperanza y la certeza de que se puede volver a empezar sin responder con violencia envuelven toda la historia, “para mí lo más importante de ese mensaje es que tú no puedes cargar con el odio y el resentimiento, porque la única que carga con el peso eres tú. A los demás no les importa nada, pero a ti te arruina la vida. Y eso yo lo tengo muy presente porque mi hija Paula murió por negligencia en el hospital. Yo podría haber cargado hasta hoy con la rabia y el rencor tremendo de eso. Pero hay que optar por pensar que na
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