La sorpresa de las recientes elecciones parciales americanas (las popularmente conocidas como midterms ) no ha sido que pierdan los republicanos: eso ya estaba descontado. La sorpresa es lo cortas que se habían quedado las encuestas , que daban una alta probabilidad de que los demócratas ganaran en la Cámara de Representantes o Baja (la llamada House ), pero que ponían en duda que lograran una mayoría en el Senado , porque la mayor parte de los escaños senatoriales en juego estaban en el Sur, donde hace ya un par de generaciones que los republicanos predominan. El propio Trump, creo yo, estaba ya hecho a la idea de perder la Cámara Baja (a pesar de haber estado haciendo trampas con los distritos – gerrymandering —para favorecer el voto republicano), pero confiaba en conservar la mayoría, muy exigua, en todo caso, en el Senado, y así pasar los dos próximos años, bandeando, pero no con demasiados apuros. Pero lo que le ha hundido es que los demócratas ganaran siete escaños senatoriales, cuando les bastaba con cuatro para lograr la mayoría . Amén, por supuesto, de que los demócratas se han llevado, además, como de propina, la mayoría de los puestos de gobernador estatal en disputa. Un tema del que se está hablando inexplicablemente poco, y estoy convencido de que ha tenido importancia en el rebote de mucha gente humilde que había votado por Trump en 2024, ha sido la legislación sistemáticamente sesgada en favor de los ricos y en contra de los humildes, en concreto esa ley estúpidamente llamada «Grande y Hermosa» ( Big Beautiful Bill ) de julio de 2025, que, entre otras barbaridades, ha dejado sin asistencia médica a cerca de diez millones de norteamericanos, mientras rebajaba los impuestos sobre la renta. Es de esperar que el Congreso demócrata enderece ese indignante entuerto. Entre las sorpresas de estas midterms ha estado, precisamente, la vuelta al redil del Partido Demócrata de negros y latinos, entre los que abundan las clases modestas, y que votaron, también sorpresivamente, por Trump hace dos años, confiados en sus promesas de luchar contra la inflación. En lugar de mantener sus compromisos, Trump inició, nada más asumir la presidencia, una persecución violenta y asesina contra los inmigrantes; y se lanzó, además, a las guerras del Oriente Próximo, más las guerras comerciales y sus escaramuzas arancelarias, todo lo cual no podía sino incidir en los precios, como efectivamente ha ocurrido. Y no sólo se ha sufrido la inflación en Estados Unidos; hasta Europa, desde luego, también ha llegado. Toda esta política insensata, debida en gran parte al pésimo equipo de asesores sumisos e ignorantes de que Trump se ha rodeado, explica en gran parte el batacazo que se ha llevado. ¿Qué va a pasar ahora con la presidencia de Trump? Se vienen oyendo y leyendo temerosas advertencias acerca de lo que puede hacer un Trump furioso por haber perdido, especulando con la posibilidad de que intensifique todos los disparates que le han llevado a recibir el susodicho varapalo electoral: iniciar improvisadamente la guerra contra Irán, estrechar sus lazos con Putin para lograr abaratar el petróleo, reincidir en las luchas comerciales internacionales utilizando los aranceles como arma de persuasión, reclamar Groenlandia, la anexión de Canadá y el Canal de Panamá, y toda la retahíla de disparates de que ha hecho gala durante estos dos años. «Trump no sólo va a tener al Congreso enfrente, sino también a su propio partido, que hasta ahora era casi su perrito faldero» Pero yo no comparto este pesimismo, al contrario. No creo que Trump sobrepase sus dislates de estos dos últimos años que le quedan. Pienso más bien que se moderará un poco, en la medida de lo posible. Por un lado, las primeras impresiones parecen indicar que ha aceptado con resignación la derrota y que se prepara para buscar puntos de acuerdo con la oposición y pasar los dos últimos años de su mandato con menos tensión que los dos anteriores , ya que su poder se ha reducido visiblemente. N
También lo cubren: El Liberal.
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