A finales del siglo XVIII, el mundo comenzó a llenarse de máquinas que devoraban la tierra como plaga de langosta. Algunas eran espléndidos animales metálicos, como las locomotoras, cuya belleza deslumbraría a Baudelaire, pero pronto las máquinas habían invadido la naturaleza libre y salvaje. Así que los alemanes inventaron el paisaje romántico . Pintaron grandes masas boscosas de pináceas o robledales oscuros sin personajes o quizás una breve figura lejana y de espaldas cubierta por yelmo y loriga, o junto al majestuoso Rin avanzando a paso de paquidermo. Los ingleses entraron por el camino abierto, pero con viento doblando los árboles, agitación en las dehesas y cielos turbulentos servidos por algún rayo casi imperceptible en el cielo encabritado . Los napoleónidas, después de la campaña de Egipto, descubrieron las desolaciones del norte de África y los milaneses la sierra de picachos nevados alpinos con salpicadura de abetos. Pronto no quedó un palmo de tierra por significar. De un modo implacable, el paisaje se fue haciendo cada vez más repetitivo, soso, de calendario, hasta que, en nuestros días, el monopolio paisajista cayó en manos de la industria turística , la cual no tiene más remedio que organizar viajes árticos y antárticos para escapar del aplastamiento de playas y cocoteros caribeños, o del empinado cubismo helénico. Hasta el Tíbet se ha convertido en una especie de estación ferroviaria repleta de turistas que hacen cola para adonizarse en un lugar más explotado que Torremolinos. Y más sucio. Ahora no nos queda más remedio que inventar cada uno su propio paysage choisi eligiendo y representando lo que tenemos más a mano para darle sentido. El camino costero que recorremos al amanecer, el paseo entre pinos y pinaza con aroma a resina que nos alegra la mañana, el puñado de arces que regamos con esmero todos los días. Somos nuestros paisajistas de la domesticidad. Y lo somos a tiempo completo, en todo momento. Escribo estas líneas para los amigos desde una habitación de hospital donde la yuca del patio deja filtrar una luz intensa que inventa figuras fantasmales sobre el muro. Cambian de modo escenográfico y a veces son minerales fantásticos y a veces bestias legendarias. «Quizás por eso tiene tanto éxito Sorolla, porque inventó el paisaje que tenía más a mano, con perfecta honradez» Quizás por eso tiene tanto éxito Sorolla, porque inventó el paisaje que tenía más a mano, con perfecta honradez. Unas playas a las que nadie había concedido la menor importancia, excepto las numerosas familias valencianas que las ocupaban con hijos, lomos rebozados y jarras de vino a la fresca. De pronto, un mundo doméstico y humilde se llenó de luz y de significado. Nunca hay que olvidar que la materia de la pintura no es el color, ni la línea, sino la luz. Ese es el mundo que continúa pintando un talento como el de Anselm Kiefer, cuyos paisajes siguen siendo sobrecogedores, como se pudo ver en la exposición del Centro de Arte Hortensia Herrero hasta hace pocos días . Entre ellos, el aeropuerto de Tempelhof convertido en la tremenda fecundación de Dánae gracias a la lluvia espermática de Zeus. Un paisaje sin la menor duda de orden divino y que se corresponde con toda atención al puente aéreo que salvó a los berlineses de morir de hambre rodeados por las hordas soviéticas. Lo mejor que he visto en los últimos 30 años. Felicidades, doña Hortensia, ha comprado usted la más grandiosa pintura del siglo XXI. Insisto, no importa el lugar, así, por ejemplo, desde el ventanal de mi apartamento, en un piso onceavo de Madrid, veo la arboleda de la Castellana que empieza a saturarse de dorados y azafranes. Es mi paisaje. A veces, como Zeus, desciende una bandada de insoportables cotorras argentinas sobre las palmeras maltrechas de Sánchez Romero y no tardo en imaginarme dentro de uno de los espléndidos relatos de W. H. Hudson, por ejemplo, Far away and long ago , que, para nuestra vergüenza, ya nadie lee. Y ese es, en este momento, mi paisaje, el
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