Ramón de España y una imagen de Pedro Sánchez y Óscar Puente en el Congreso Europa Press / Fotomontaje CG Pedro Sánchez siempre ha creído en la conveniencia de hacer de la necesidad virtud. Él mismo lo ha reconocido, y ha vuelto a hacerlo con la dimisión de Óscar Puente , su brillante ministro de Transportes y sucesor del gran José Lu i s Ábalos , actualmente a la sombra por culpa de unos jueces franquistas, como todos sabemos. Cuando vio que se le venía encima un nuevo marronazo con los muertos de Urda , solo nueve meses después del desastre de Adamuz (más de 100 muertos en total) intentó, como es su costumbre, hacer como si aquí no hubiese pasado nada (tirando de la DANA de Valencia y el impresentable Mazón, como corresponde, ya que esta Administración es del modelo “Y tú más”), pero todo acabó con la renuncia del inefable Puente, acosado desde varios frentes. Especialmente dotado para darle la vuelta a cualquier situación, por dañina que sea, Sánchez agarró a Puente, responsable último de la catástrofe en su condición de ministro del ramo, y convirtió al político chapucero y sobrado en una especie de héroe de la democracia, simplemente porque había dimitido, por fin. De ahí salió la benéfica consigna “No todos somos iguales”, dirigida al jeta de Mazón y, por extensión, a todo el PP. Puente como nuevo héroe frente al fascismo. Se trataba de que todos le diésemos las gracias por dimitir que, ciertamente, es algo muy poco usual en España. Y ante un gesto tan magnánimo y tan progresista , había que ser muy mezquino para recordar que esa dimisión era lo mínimo que se le podía pedir a un ministro al que se le estrellan los trenes de alta velocidad a un ritmo inaudito. Hubo muchos que secundaron la maniobra, como se pudo comprobar en las redes sociales, donde empezaron a salir progresistas a punta pala que se deshacían en elogios al cesante. Algunos, en su delirio sectario, hasta elucubraban sobre lo bien que les venía, de cara a las elecciones, tener de su parte a un tipo tan gallardo como Puente. Según ellos, el buen progresista, el antifascista que teme la llegada al poder de PP y Vox, contaba con una nueva baza electoral en la figura del ministro dimisionario, que se sacrificaba voluntarioso en el altar de la democracia. Llevaba tiempo sospechándolo, pero esta algarada progresista en Facebook me sirvió para confirmar una teoría que me bailaba por la cabeza: los votantes del PSOE y de la izquierda en general se han convertido en los crédulos integrantes de una secta que da por bueno todo lo que hacen los políticos presuntamente progresistas y que comulgan felices con toda clase de ruedas de molino. Incapaces de la menor autocrítica y hasta de la más mínima duda (cuando la izquierda de verdad siempre se había distinguido por dudar y por cuestionarlo todo), nuestros autollamados progresistas se han convertido en auténticos creyentes de una causa a medio camino entre el fútbol y la religión. Una actitud que, en mi juventud, se distinguía por ser exclusiva de la derecha, que daba por bueno todo lo que hacían sus políticos. Hace tiempo que la izquierda (o lo que aquí se entiende por tal) ha heredado la actitud y las costumbres de la derecha. Si para esta todos los pecados de los suyos eran un invento de los comunistas, ahora nuestras fuerzas progresistas, para cubrir a los suyos, cargan contra el fascismo en general y Trump o el Mosad en particular (para ellos, Rusia siempre es inocente, como si aún fuese un país comunista y hubiera que apoyarlo). Intuyo que ya deben tener alguna explicación convincente (para ellos) ante el nuevo marroncillo ferroviario, esa investigación de la Fiscalía Europea sobre unos fondos comunitarios teóricamente destinados al mantenimiento de la línea del AVE afectada que pudieron ser dedicados a otros asuntos que solo conocen Cerdán, Ábalos o Puente, pues nunca se emplearon en lo previsto (por las autoridades europeas). Y luego pasó lo que pasó: Adamuz, Urda, los más de 100 cadáveres . ¿Qué harán nuestro
También lo cubren: Cronica Global, Crónica Global - Home.
Ver más en News Today