El resultado de las elecciones en Israel no ha resuelto, sino agravado, la crisis política ya existente. El premier electo, Benjamin Netanyahu, intenta formar un gobierno de minoría con un margen limitado para los demás partidos. A la vez, su aliado, Avigdor Lieberman, ha iniciado un acercamiento con los partidos religiosos haredi, con la promesa de encontrar un compromiso sobre la importante cuestión del reclutamiento militar de los soldados del judaísmo haredí. Mientras tanto, el conflicto entre la comunidad secular y religiosa en Israel sigue creciendo, y el nuevo gobierno se enfrenta a un dilema sobre encontrar un equilibrio entre los intereses de ambas, sin perder la confianza de alguna de las partes. En este complejo juego de suma cero, la estabilidad de Israel se coloca a prueba, y el futuro del estado sigue siendo un tema de debate y especulación.
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