La tensión entre los propietarios de empresas, los consejos de administración y los directores ejecutivos continúa representando uno de los desafíos más complejos dentro de las organizaciones corporativas, particularmente en aquellas de carácter familiar donde el dueño mantiene una participación directa en la operación diaria. Con frecuencia se contrata a profesionales con amplia experiencia bajo la premisa de alcanzar metas exigentes, pero al mismo tiempo se les resta margen de maniobra al intervenir de forma constante en sus decisiones. Esta dinámica genera una confusión profunda en el equipo de trabajo, cuyos integrantes aprenden rápidamente a identificar dónde reside el poder real; si una instrucción resulta incómoda o desafiante, los colaboradores optan por acudir directamente con el propietario para conseguir su revocación, debilitando por completo la figura y la autoridad del director asignado. Como consecuencia, los mandos medios y el personal operativo dudan sobre a quién deben obedecer, lo que paraliza los procesos y deteriora el clima laboral. Para corregir estas prácticas heredadas de etapas donde el fundador centralizaba todas las funciones, resulta fundamental establecer límites claros de actuación mediante un gobierno corporativo sólido. Esto implica delimitar con precisión qué facultades corresponden al consejo, qué decisiones puede tomar el director general y en qué momentos específicos se requiere la autorización del propietario. Asimismo, es necesario diseñar protocolos para revisar desacuerdos sin desautorizar públicamente a los ejecutivos frente a sus equipos de trabajo, además de abrir canales de comunicación transparente asistidos, en algunos casos, por herramientas de coaching ejecutivo para alinear expectativas y construir acuerdos sostenibles en el tiempo. Fuente: El Financiero Mexico
También lo cubren: El Financiero, El Financiero (México).
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