La histórica victoria electoral del pasado 25 de octubre en Serbia, donde la Lista de Estudiantes logró por fin descabalgar del poder a Aleksandar Vučić, ha sido recibida por la izquierda europea con una mezcla de entusiasmo y cautela. El supuesto fin de un régimen marcado por el autoritarismo y el control de los medios estatales (iniciado desde las aulas y las asambleas universitarias tras la tragedia de la estación de Novi Sad) es visto como un hito de la desobediencia civil y la horizontalidad. Queda ahora por ver si realmente va a haber cambios de calado en el sistema o si es sólo el fin de Vučić. A medida que el nuevo ejecutivo empieza a tomar forma, los analistas de izquierdas y sindicales del continente encienden las alarmas ante el clásico fenómeno de las transiciones: el retorno de las viejas élites y el reciclaje político (en España sabemos algo de esto). Para la izquierda anticapitalista europea, el triunfo de la juventud serbia representa un soplo de aire fresco en una región asediada por el populismo liberal. El nacimiento de este movimiento en las calles, articulado a través de mecanismos de democracia de base, se interpreta como una enmienda a la totalidad no sólo a Vučić, sino a los modelos de gobernanza que encarnan líderes como Orbán en la Europa central y oriental. No obstante la naturaleza de la Lista de Estudiantes (un movimiento «atrapalotodo» que une a sectores progresistas con conservadores bajo la única bandera de la regeneración institucional) genera un escepticismo razonable. El temor principal radica en la desmovilización ideológica: que el paso de las barricadas hacia las instituciones diluya en el laberinto de la burocracia parlamentaria las demandas de justicia social, derechos laborales y equidad económica. El foco de atención y de mayor recelo es la reaparición de figuras políticas veteranas y antiguos tecnócratas en los círculos de poder del nuevo orden. Perfiles experimentados y de corte liberal-tecnocrático, como el exgobernador del Banco Central Dejan Šoškić (un economista liberal institucional clásico) han comenzado a ocupar espacios clave bajo el falaz argumento de la necesidad de «competencia técnica» y «estabilidad». Este movimiento encarna el riesgo del gatopardismo: cambiarlo todo para que nada cambie. Aunque estos nombres no formaran parte del núcleo duro del régimen saliente, muchos de ellos administraron en el pasado algunas de las peores políticas de privatización y reformas de corte neoliberal. Su regreso introduce dos grandes amenazas para el espíritu de la lucha: Este giro hacia la moderación tecnocrática es leído por la izquierda europea como una infiltración de libro, enfocada en este primer paso a la concesión temprana a las presiones del poder que controla toda Europa occidental. Mientras la Comisión Europea celebra los resultados como una oportunidad de oro para reactivar el proceso de adhesión de Serbia a la Unión Europea, la izquierda advierte sobre la letra pequeña de este idilio. La inclusión de perfiles económicos bien vistos en Occidente funciona como un bálsamo para calmar a los mercados y a los acreedores internacionales. El escepticismo de la izquierda radica en que Bruselas priorice, como ha hecho históricamente, la imposición de reformas de austeridad y la ortodoxia fiscal a cambio de la integración comunitaria. Si el nuevo gobierno estudiantil cede ante esta agenda para complacer a las instituciones financieras, el descontento social podría minar rápidamente su base de apoyo popular. La izquierda europea mira el tablero serbio con la certeza de que la caída de Vučić es solo el primer paso de un proceso mucho más complejo. El desafío de la Lista de Estudiantes ya no es solo desmantelar el entramado clientelar del régimen anterior, sino evitar ser cooptada por la vieja tecnocracia que busca canalizar la energía de la calle hacia la restauración del statu quo económico. La verdadera batalla por el futuro de Serbia no ha terminado en las urnas, acaba de comenzar en
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