Lo kafkiano en El futuro gran artista visita el balneario de las almas

Fuente: Mundiario · cultura · nacional, España

Lo kafkiano en El futuro gran artista visita el balneario de las almas

Cuando, en 2009, la novela gráfica  Blast.Bola de Grasa, de Manu Larcenet , me pareció un portento estético, una especie de icono disruptivo que elevaba lo subversivo a una categoría donde se jugaba con el preciosismo y lo goyesco. Con la edición por parte de Fulgencio Pimentel de El futuro gran artista visita el balneario de las almas, de   Peiyang Xu, vuelvo a experimentar el mismo vértigo de saber que estoy ante una obra que escapa a las previsibles uniformidades del género. Se trata de una novela gráfica que prefiere sobre todo destacar en los márgenes de convencionales estéticas y patrones  con el fin de lograr un efectismo incisivo y de una impronta duradera. La obra de Peiyang Xu es una reflexión ética sobre la corrupción de dos sujetos que pertenecen a grupos sociales completamente antitéticos. Un conserje y un artista coinciden en un mismo edificio, en un mismo escenario que se articula desde la decadencia de una sociedad que se mueve por la inercia de unos vicios inquebrantables. La violencia nutre las convenciones y la civilización es una máscara más de la barbarie. La moralidad se ha extinguido. Y es precisamente su banalización lo que hace que estos personajes actúen con impunidad. Prostitución y maltrato coexisten con el egocentrismo, la depresión y el gobierno de un tedio en el que nada puede cambiarse, puesto que los automatismos de destrucción y nocividad contra uno mismo están demasiado interiorizados. De hecho, la secuenciación temática de estas biografías reproduce la fidelidad del sujeto a la vaciedad de un mundo que ha sustituido la empatía por una clase de programada autodestrucción en la que las soluciones, no es que no existan, es que, en caso de haberlas, son reprobables. Los personajes de Peiyang Xu son execrables porque surgen en una espacialización que determina su tendencia autodestructiva. Sin exteriores y desamparados en cámaras y recámaras, cargadas de una blancura desasosegantes, parecen ser monitorizados por una devoción más que enfermiza, vesánica, hacia instintos primarios que atentan contra la identidad de uno mismo y del otro. El arte como síntoma de esa filiación entre sujeto y bestialismo no se aleja en modo alguno de la serenidad pasmosa con la que un conserje supervisa reuniones y el tránsito de pasillos. Lo diabólico es el hastío que transmite su lenguaje no verbal, la paciente impaciencia que transmite su obediencia, su falta de empuje, la minuciosidad con la que dilata el tiempo al comer por ejemplo. Frente a la nitidez de espacios abiertos, pero siempre desde el encorsetamiento de la arquitectura brutalista del balneario, nace y renace la grisura de los rostros. Porque lo importante en esta novela gráfica es el paratexto, las rendijas por las que se escapa la fealdad, las paradojas, la sangre, linfa, dedos, comida, un lienzo, el suplicio de la modelo que posa para transmitir que el daño nace de fuera hacia dentro. La adiposidad y las hiperbólicas fisonomías de  torsos que son esbozos, trazos diseminados en la nada, respiran y se contorsionan en la abundancia del blanco o en un gris absorbente. No hay proxémica ni kinésica apenas, porque lo relevante es el proceso de descomposición moral que necesita tan solo del cuerpo, del volumen, para que cada actor sea una alegoría de esa sociedad líquida que Bauman atestiguaba. Y, sin embargo, hay momentos de escapismo, en los que el surrealismo de delirios arraigados en el subconsciente afloran como breves liberaciones de endorfinas en un relato construido para declarar la mayor de las paradojas: somos sujetos encerrados en nosotros mismos. Cualquier atisbo de escapada es un fraude, un sueño más, el intento de que un artista busque más almas en un balneario. @mundiario

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