Del 9 al 20 de noviembre, la ciudad turca de Antalya alberga la COP31, un evento donde las promesas climáticas tendrán que transformarse en acciones concretas. En medio de una situación económica global delicada, marcada por altos precios de la energía y tensiones geopolíticas, el desafío será cómo impulsar inversiones que concreten estos compromisos. La presidencia turca propone un objetivo ambicioso: que para 2035, el 35% del consumo energético global provenga de fuentes eléctricas, un incremento significativo respecto al poco más del 20% actual. Esto implica acelerar la transición de los combustibles fósiles y modernizar las infraestructuras. Sin embargo, la urgencia se ve respaldada por datos científicos preocupantes, ya que se espera que 2026 supere la umbral de 1,5 grados de calentamiento global. A pesar de los esfuerzos, la financiación sigue siendo un reto. Los países en desarrollo demandan recursos para gestionar desastres climáticos, pero la cantidad de financiación actual es insuficiente. La cooperación internacional es crítica, especialmente en un contexto donde EE.UU. ha abandonado el Acuerdo de París. La participación de la Unión Europea y el avance de China en tecnologías limpias complican aún más la situación. Italia, representada por su ministro del Ambiente, también tendrá que reafirmar su compromiso en este debate global crucial.
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