Mis antepasados eran a fuerza de desengaños incrédulos. Recelaban de casi todo y mira por donde se fiaban del Calendario Zaragozano, hecho por don Mariano ... Castillo con predicciones meteorológicas a cien años vista. El mes de noviembre era el mes de los muertos, y el refrán decía: 'Si quieres tener buen huerto, has de plantarlo en el mes muerto'. También hay otro refrán amenazador: 'Dichoso mes, empieza con todos los santos y acaba con san Andrés'. Y ciertamente, terminado octubre, el noviembre de este año no ha comenzado con buenos augurios. En tiempos de tragedia me duelen –faltaría más– esos muertos gregarios, como los de las catástrofes ferroviarias, que congregan a políticos en el funeral, obispos oficiantes, psicólogos para levantar el ánimo de los deudos y las consiguientes plañideras de las tertulias de radio y televisión. Pero disculpen que a mí también me estremezcan aquellas muertes sin alharacas, y me apetezca inclinarme en ese monumento no levantado al muerto desconocido. Derramar una lágrima por tantos trabajadores que como cuentagotas se caen de los tejados y los andamios. A los campesinos del vuelco del tractor. Al maderero que lo alcanza la rolla. Al estibador que se le viene encima la carga mal estrobada. Al camionero, que por la noche se le cruzan las sombras del nistagmo y se despeña por una ladera. Y a tantos otros, tan ignorantes como ignorados que se van de este mundo rotos. Todos ellos suelen dejar una familia desolada como otra cualquiera, que los llora sin consuelos programados. Son unos de tantos, de los muchos que salieron como cualquier día a ganarse el pan y se hallaron en un viaje sin retorno. No, para todos estos que menciono no hay fotos ni primeras planas, sino un rinconcito en los papeles. Y mañana a otra cosa muchacho, a otra cosa, porque a ellos no les tocó una muerte gregaria; lo suyo solo es un número, que no pertenece al engranaje de la lucha política. Qué gran desgracia, que en este país a los presidentes del gobierno se les elija en coincidencia con las muertes que concuerden con sus intereses. Lo mismo da que sea por un atentado terrorista en un tren, o porque el tren choque o descarrile. Fotógrafos y escribidores de una u otra cuerda actúan, mientras los políticos sobrevuelan como buitres leonados soñando con un sillón. Desafortunado país aquel cuyos gobiernos surgen de arrojarse a la cara los muertos. En 1936 la chispa que encendió una guerra fue, según se dice, el asesinato de un teniente y un jefe de la oposición. Ambas muertes, rentables para que un dictador permaneciera 40 años en el poder. Y resultaron provechosos también los muertos de un atentado terrorista, el mayor de Europa, para que fuera presidente un demostrado incompetente, que en cierto modo quiso remover los tizones de aquella guerra fratricida. Un socialista, Joaquín Leguina, compañero de partido de ese ex presidente, dijo de él, que postrarse ante dictadores como Maduro, debió de ser por asuntos de dinero o por algo peor: porque es un imbécil (sic) El tiempo viene a darle la razón a Leguina, que probablemente fue por ambas cosas. Vamos batiendo récords de muertos: tuvimos el más grave accidente de la aviación civil en Tenerife, el mayor atentado terrorista en la estación de Atocha, éste en nombre de Alá, y el mayor número de muertos en los trenes de alta velocidad. El ministro de la hosca figura al fin dimitió. Algo es algo. Esta funcionalidad es exclusiva para usuarios registrados.
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